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[PRENSA] El pilar de la cocina

Compartimos esta buena historia realizada por Eduardo Sepúlveda Z. que publico el diario La Tercera el día sábado.

Francisco Silva (21 años, 1,70 m y 103 k) juega como hooker o pilar en la UC. Estudió para ser chef de cocina. Vive en San Ramón y colabora en el negocio de sus padres en La Pintana. Una historia de pasión por el rugby.

Toma tiempo llegar desde los paraderos 21 ó 30 de Santa Rosa hasta San Carlos de Apoquindo. Son casi 24 ó 29 kilómetros por las rutas más directas. Si no hay auto, el traslado se complica; combinaciones sucesivas de micro-Metro-micro acrecientan la distancias y el tiempo de viaje. No menos de hora y media.

Ese es uno de los obstáculos que supera Francisco Silva Suárez, con 21 años, para cumplir con su pasión. Es rugbista y no sólo rompe los tackles rivales o limpia los rucks; también quiebra la línea de ventaja que, por años, separó a esta disciplina de los sectores populares. Desde San Ramón (su casa) o desde La Pintana (el negocio de sus padres), son al menos cuatro días a la semana en los que debe partir a entrenar, sin considerar, además, que sábados o domingos están dedicados a los partidos de los cruzados, el equipo más exitoso en la historia de Chile.

“El rugby ya no es tan elitista, hay muchos lugares donde se practica. Ha llegado a las poblaciones y puede crecer más todavía”, explica. Más allá de su caso individual, alude a Trapiales, el quince de La Pintana que ya ha logrado figuración en el medio nacional. “Los he visto jugar, se mantienen bien y demuestran que el rugby te hace crecer, siempre van mejorando, porque este deporte te perfeccionas siempre, física y técnicamente”, matiza.

Su vinculación con la ovalada llegó por herencia familiar. Su hermano Héctor Andrés, varios años mayor que él, conoció esta disciplina al iniciar sus estudios superiores, cuando comenzó a defender a Universidad de Chile. En rápido ascenso, fue llamado a al selección Sub 19 y desde ahí fue invitado a la UC.

“Yo siempre fui bueno para el deporte. Me gustaban el fútbol, como a todos, y la natación. Cuando tenía 15 años, Héctor me preguntó a qué me quería dedicar en el deporte y yo no lo dudé: ‘rugby’, le dije. A mi hermano lo había acompañado desde chico y sabía de que se trataba. Me metí a intermedia y desde ahí no paré más”.

Para Silva, “el rugby es una escuela de vida, una disciplina llena de valores. Te enseña no sólo a llevar una pelota y marcar un try, sino que hay un millón de factores que te llevan a jugar un partido, a ganar, a formar parte de un grupo”.

Agrega que el “tercer tiempo” es algo más que una frase hecha. “Una de las cosas que me marcó, siendo muy chico aún, fue una gira a Buenos Aires. Jugamos un sábado entero contra equipos de primera división de Uruguay y Argentina. Todos terminamos muertos, pero los del club anfitrión, San Albano, se olvidaron del agotamiento y nos atendieron increíblemente; todo el equipo anfitrión trabajando para servirnos pizzas, hamburguesas, cervezas. Y eso que estaban tan o más muertos que nosotros”, explica con entusiasmo.

Cuenta con el apoyo familiar para este interés especial, que se suma a su vocación como chef. Estudió gastronomía en el DUOC, hizo la práctica en el restaurante Ox y luego trabajó en el Café Salvador. “Fue linda esa primera etapa profesional. Tengo buenos recuerdos”, explica. Hoy, parte de lo aprendido lo vuelca en el “San Francisco”, el almacén y amasandería familiar, donde él colabora en la elaboración de empanadas y pasteles.

A su madre, Mireya Suárez, se le nota el orgullo. “Él es mi conchito. Antes del rugby era delgadito, pero el deporte lo hizo crecer mucho”, dice, mientras ofrece unos muffins: “Los hace Francisco”, explica. Por cierto, le gusta que el más pequeño de sus hijos (además está una hija mayor) haga deporte, pero con reparos por la rudeza de la disciplina. “Fui sólo una vez a verlo en un partido. Me dieron ganas de bajar a la cancha para decirles que dejaran de golpearse… Pero es así el rugby. De los partidos vuelve todo morado, rasmillado, con los ojos negros”, apunta la angustiada madre.

Los sacrificios, además, son constantes, pues aparte de las prácticas colectivas, los jugadores deben realizar trabajo de musculación y acondicionamientos constantes. Por la distancia, Francisco opta por hacerlo cerca de su casa. “Como no tengo auto, parto en bicicleta. Voy al gimnasio Magnus, en La Cisterna, aunque sigo las rutinas que nos entrega el preparador físico de la UC. Ir a San Carlos sería imposible de manera continua y allá sólo paso al gimnasio cuando estoy cerca”, sostiene.

Con todo eso, más una dieta balanceada, tiene el físico justo para su condición de primera línea. Ha jugado de pilar izquierdo, pero su estatura lo lleva a ser el hooker, aquel jugador que, al centro de la primera línea del scrum, debe enganchar la pelota con el talón cuando la introduce el medioscrum. Eso, aparte de luchar en las formaciones espontáneas y lanzar los lines-out, entre otras obligaciones.

Sobre la complejidad de su disciplina, sostiene que es sólo relativa: “El rugby es un deporte espectacular, porque puede jugar un tipo flaco o uno gordo, un alto u otro bajo. Lo único imprescindible es ser respetuoso, valiente y solidario”. Al respecto, apunta al fútbol: “Me gusta mucho, pero hay simulaciones y siempre discuten con los árbitros. Acá se privilegia la continuidad, la fluidez del juego, nunca se discute o se pierde tiempo”.

Planes tiene y es joven para cumplirlos pronto o bien para esperar el momento adecuado. Le pasó con la posibilidad de acogerse a un programa de work and holiday en Australia. Tenía todo listo, pero al final faltó algo de dinero para cumplir con los mínimos requeridos.

“Mi sueño, que surgió ahora último, es poder partir a Francia, a jugar en algún club semiprofesional y trabajar. Estaría en un país donde el rugby es de primera importancia y que, además, es la cima de la gastronomía mundial”. Para eso, es asesorado por Sebastián Gajardo, entrenador de la UC, ex seleccionado nacional como pilar y uno de los pocos chilenos que ha jugado como profesional, precisamente en Francia. “Igualmente, hay que ser realista. Desde Chile es difícil, pero ojalá llegue la posibilidad de cumplir con mis principales vocaciones y poder vivir de eso”, añade.

Por ahora, sin embargo, ya son varias las satisfacciones que ha obtenido como deportista. “En 2011, como juvenil, fuimos con la UC a Nueva Zelanda… Justamente cuando se disputaba la Copa del Mundo. Fui a ver tres partidos mundialistas y, además, jugamos cinco contra equipos juniors de allá, en las dos islas. El nivel era tan bueno, que perdimos cuatro, pero le ganamos al club por donde habían pasado Jonah Lomu y Richie McCaw y Dan Carter… Eran casi todos maoríes. Fue emocionante”.

Ahora se apresta a ver la Copa del Mundo, que comienza el viernes 18. “No tengo favoritos, pero la final debería ser Inglaterra con Nueva Zelanda. El Mundial lo veré con mi padre y mi hermano, seguramente. El Andrés es más que un hermano para mí, es mi mejor amigo y, además, la persona gracias a la cual conocí el rugby”.

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