Un sorprendente Chile dejó la vara alta en Génova y firmó ante Italia un esfuerzo que —aunque sin premio— reafirmó su nuevo estatus competitivo en el rugby mundial. Los Cóndores dieron la cara frente a un rival de nivel Tier 1 en su propio estadio, pese a vivir una jornada con altibajos y problemas en las formaciones fijas, que se compensaron con defensa, lucidez táctica y momentos de notable claridad. Fue 34–19 para los “Azzurri”, y una valiosa lista de lecciones para el regreso del staff de Pablo Lemoine que hizo ruido en Europa.


Por Felipe Cáceres para Rugbynoticias.cl

Fue una mini gira al invierno europeo, solo un partido, no había plata ni tiempo para más. Una ventana de esas que habrá que acostumbrarse a parir y financiar cada año de mejor manera porque la ruta se estrecha, los rivales suman handicap y el margen competitivo se afina a niveles quirúrgicos. Ir, jugar y volver: ese fue el itinerario. Y en ese marco austero, casi artesanal, al frente estaba el despliegue industrial de un Tier 1: Italia, ni más ni menos, venía de ganarle a Australia y perder bastante ajustado ante Sudáfrica. Hasta allá llegó Chile, con una previa corta, jugadores todavía entre algodones, con varios debutantes, incluso con la resaca de la clasificación aún viva y un margen mínimo para ajustar detalles. Pero esta generación pionera —que carga con siete años de reconstrucción bajo Pablo Lemoine y dos clasificaciones consecutivas— ha aprendido a vivir en la incomodidad. Y allí, precisamente, se hizo visible su identidad ayer en cancha: convicción frente al déficit de jerarquía, cohesión frente al desequilibrio estructural, insistencia frente a la brecha. El potencial de Chile quedó registrado en un partido que lo luchó hasta el final y esa es una tremenda realidad para el mundo ovalado.

En Génova, la misión de Chile era simple y colosal: presentarse, competir y dejar un mensaje ante un rival que tiene 25 años más de proceso. Y lo hizo. No todos los días una selección sudamericana que no es Argentina pisa un estadio europeo para enfrentarse a un Tier 1 en su calendario oficial. Y menos aún dejando la sensación —por momentos muy clara— de que el trámite no fue una rutina para el dueño de casa. El partido comenzó duro, físico, jugado a ras de piso, con contusiones, sangramientos, con dieciocho jugadores por lado entrando y saliendo, y solo la velocidad de la estrella italiana, el fullback Ange Capuozzo —uno de los mejores jugadores del mundo—, recién a los 11’ pudo aprovechar un espacio en una de las milimétricas imperfecciones defensivas de Chile. La clase de desajuste que en el Tier 1 cuesta siete puntos. Conversión de Giacomo Da Re y 7-0, que empeoró segundos después con Santiago Videla saliendo por un severo golpe en la cadera. El rugby de élite no perdona; no concede plan B sin consecuencias.

Foto: Italia Rugby

Sin el pie de Videla, no quedaba otra que forzar a Italia a pensar, a corregir, a incomodarse. Y estos partidos son para eso: para prueba y error, para creerse el cuento y también para demostrar que el rugby chileno puede, tiene manija y perfil aunque todavía deba muchas materias básicas. Italia forzaba y hubo fallas gruesas en la obtención y ejecución en las formaciones fijas: un aspecto clave. Pero también hubo capacidad de trabajo y reacción en la caseta para aguantar a una primera línea que sufrió desgaste; también hubo tackles tribuneros y una segunda línea que empujó a nivel de test match: Eissmann volvió a ser un faro; Pedrero jugó al filo y, así, salió con el canal de ataque italiano ensuciado lo suficiente para mantener viva la idea del contragolpe. Italia, con mucho esfuerzo, sumó un penal (22’) y luego, desde un maul que desbordó a un ya muy golpeado pack chileno, llegó el 15-0 (Tommaso Di Bartolomeo), apenas en el minuto 34. ¿Qué sería de este equipo si fuese más prolijo aún, si obtuviese sus lineouts y scrums, si no tuviera que compensar con corazón y lucidez lo que pierde en las formaciones?

Se podría pensar que Chile bajaba los brazos en menos de un tiempo. Pero aparecieron respuestas: las horas-hombre que se pagan, esas hechas a las cinco de la mañana en el Mahuida. Entraron Salvador Lues por Javier Carrasco y también Bruno “el proyecto” Saez por un contuso Pedrero. En los backs ya estaba en cancha Tomás Salas, recién en su sexto cap. Casi reflejo del misterio y la esencia de estos Cóndores: dueños de un rugby imperfecto, lleno de remiendos y urgencias, pero con una cohesión emocional que sostiene más de lo que cualquier libreto táctico permitiría.

Así se fue el epílogo de la primera mitad: Chile ganando fases, con claridad y olfato; con los backs a la contra, con Armstrong ganando metros difíciles y con Nicolás Saab —en modo figura mundial— (20 años, 6 caps, 270’ jugados y una proyección enorme). Ya sobre el final del primer tiempo y tras una secuencia paciente y muy de manual, Salvador Lues apoyó. Salas convirtió y el descanso llegó con un 15-7 que dejaba ese aire emocional y orgullo que Chile genera en sus momentos de claridad.

El inicio del segundo tiempo fue, probablemente, el tramo más competitivo del partido para Chile. Fueron diez minutos de lujo: el scrum se afirmó, se administró la posesión, hubo disciplina defensiva y mucha presión y ambición chilena. Diez minutos que valieron el viaje y los casi 200 millones que cuesta llevar a todo el equipo a Europa. Salas falló un penal, sí, pero enseguida llegó el impacto: up-and-under de Garafulic, dudas de Capuozzo y la genialidad a pulso de Nicolás Saab, que la lee, que intercepta, que inventa y que la toma en el aire para irse directo al ingoal. 15-14. Un punto para la memoria. Fotaza para el recuerdo. Italia descolocada. Génova murmurando.

El cierre y lo que nos deja este test match

No está de más recordar que el Tier 1 habita en un ecosistema completamente distinto. Solo este año, la Azzurra acumuló tests ante Escocia, Gales, Francia, Inglaterra, Irlanda, Australia, Sudáfrica (tres veces) y, como guinda de fin de temporada, Chile. Por eso tiene mérito que Italia haya debido buscar orden y rigor para cerrar bien el año: ajustó, acomodó su maul y volvió a golpear con otro try de Di Bartolomeo (20-14). Fue un golpe duro que, sumado a una acumulación de penales, terminó por sacar al capitán Clemente Saavedra por tarjeta amarilla, cuando justamente se volvían a perder lineouts decisivos y válvulas de escape que obligaron a los Cóndores a defender más metros de los que podían recuperar. La presión de Italia fue fuerte y dos tries casi idénticos (62’ y 72’) de Monty Ioane —el australiano elegible por residencia para vestir la camiseta azzurra— sentenciaron el tramo más áspero del encuentro y dejaron el marcador en 34-14 antes del cierre chileno.

Por eso hay que valorar mucho el último try de Chile. Ya con el medio scrum debutante Sebastián Bianchi en cancha —sólido en su primer cap y dando el aire que hacía falta—, más el ingreso de Matías Dittus para empujar, de Raimundo Martínez para sostener el ritmo y del también debutante Augusto Villanueva en el pack, el equipo encontró una mezcla de juventud y experiencia que revitalizó el cierre. Nicolás Saab volvió a romper por la banda y, en la insistencia final, el capitán Clemente Saavedra —reivindicando su amarilla— apoyó el último try chileno. El 34-19 final confirma que Chile puede competir sin complejos, porque el potencial existe y siempre estuvo en el ADN del rugby chileno. Pero también recuerda que necesita ayuda para crecer mucho más rápido: siete años es demasiado tiempo para llegar recién a este punto, y esto pasa porque se viene desde muy atrás y no se puede volver a eso.

Los Cóndores entregaron su currículum en Génova.
La élite europea lo revisará con lupa.

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Foto: Italia Rugby