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Pumas en la Catedral

Gracias a la gentileza de Nicanor Gonzalez del Solar compartimos su última nota publicada.

Están en Gales Los Pumas. Ya jugaron en las afuera de Londres, en el maravilloso estadio de los ingleses, y perdieron 16-9 con honor. Sólo la falla defensiva en una oportunidad les permitió a los locales derrotar a los bravos argentinos, cuando anotaron el único try del test-match. ¿Cumplieron los muchachos de Tati Phelan? Si tenemos en cuenta que el equipo mezcló rugbiers profesionales con otros que militan en el amateurismo de nuestra patria, el desempeño fue encomiable. Pero, si hilamos fino, a nuestro equipo nacional le faltó definición, voluntad de arriesgar cuando estaban cerca del ingoal británico. Esos interminables mauls del final no aportaban sorpresa pues los “gringos” sabían que los sudamericanos pretenderían vulnerarlos y marcar un try con el esfuerzo titánico de los delanteros . No lo lograron; Inglaterra aguantó y se quedó con la victoria. En este trabajo quiero relatar la otra parte de un cotejo entre naciones en el fenomenal ámbito madre del rugby ingles. Antes, durante y después de los test-matches se viven situaciones poco habituales para los argentinos. Twickenham, como Wimbledon, está en las afuera de Londres, rodeado de casas bajas, que reflejan la tranquilidad de sus habitantes. La calma del barrio sólo se altera cuando hay rugby y miles de aficionados caminan por las calles próximas al enorme estadio. Se sale de una de las terminales de tren de la capital inglesa y, después de media hora, se llega a la estación y es necesario caminar unas ocho cuadras. Todos se respetan, nadie se apura. Algunos se quedan en los pubs y, por supuesto, beben sus primeras cervezas. Lo mismo sucederá antes, en el primer tiempo y en el final. Tal como me dijo una vez un galés “si sacan la cerveza, desaparece el rugby”. Cuando se observa el campo de juego, sede de la “Rugby Union” ( así , sin la palabra “England” ) , asombra ver a los autos estacionados en las canchas auxiliares. En la parte de atrás, el tradicional “picnic”. Las familias abren el baúl y sacan sus vituallas: Pollo frío, ensaladas, tartas, tortas. Buen vino, cervezas y pocos “soft drinks” ( gaseosas) . Lo importante es el encuentro con los amigos y los hijos, contentos de esa ceremonia previa a los partidos entre naciones. Cuando se ingresa al estadio hay dos tentaciones: dirigirse al fabuloso Museo del Rugby (donde está la historia de nuestro deporte) o caer en el consumismo y comprar algún recuerdo: camisetas, corbatas, gorros, remeras, etc. Lo importante es tener un comprobante de que habíamos estado en Twickenham. Después, el ingreso.¿Caótico? Para nada . Se sube por ascensores y te acomodan con cortesía. ¿Hay que preocuparse si tu sitio está en el medio de la hinchada rival? No, pues todos se toleran. En 1999 presencié una de las semifinales más fantásticas de los Mundiales: la formidable victoria de Francia ante los All Blacks. Allí, en Twickenham, estuve rodeado de camisetas azules y negras. Los hinchas galos y los de Las Antípodas nunca dejaron de alentar a sus equipos. Con sus cervezas en la mano ( en el siglo pasado los dejaban llevar los vasos gigantescos a las tribunas) gritaban, festejaban y aplaudían. ¿Abucheaban a los oponentes o se peleaban con los parciales de la otra nación? No; por el contrario, reconocían las buenas jugadas o los aciertos del pateador contrario. En esa semifinal de 1999 fui ubicado cerca del campo de juego. Si quería, podía saltar y correr por el césped perfecto. Eso fue lo que hicieron los “strickers”, espectadores que superan la baja barrera y corren desnudos. Lo hacen porque han hecho una apuesta en los “pubs”. Los “ball boys” los corren, los tacklean y la policía se los lleva. El público los aplaude y ellos se van contentos pues se ganaron un montón de tragos gratis. Era habitual que una voluptuosa dama fuera protagonista antes o durante la pausa del primer tiempo. Aparecía con sus enormes pechos desnudos y procuraba dar vueltas a la cancha. Cuando la descubrían , la tapaban y la retiraban sin demoras. Ella estaba feliz; por un minuto había sido la estrella de Twickenham. Al finalizar los partidos , la salida es armónica. Caminamos hacia la estación y aguardamos el tren sin que nadie nos apretuje . Los días de partidos en “La Catedral” del rugby, los servicios son constantes. Cada cinco minutos llega un tren y casi siempre encontramos dónde sentarnos. Aun cuando miles de personas utilizan ese medio de transporte, nadie corre peligro. Los jugadores también viven experiencias poco comunes cuando están en la sede de la Rugby Union. Seguro que los asombran los baños por su confort. Existe una bañadera para la inmersión de cada protagonista de un equipo. Al lado están las duchas, que tienen una flor gigantesca. Cuando sale el agua, el masaje en el cuello es magnífico. Lo sé; me bañé allí una vez. El césped de Twickenham es otra maravilla. Tiene como diez centímetros de espesor, gracias a las frecuentes lluvias y al esmero con que lo cuidan. Una vez me autorizaron a hacerle una nota al capitán del equipo de La Rosa. Mientras esperaba que finalizara un entrenamiento, nos acercamos con el camarógrafo a los jugadores. Cuando un auxiliar nos vio, nos gritó y nos exigió que saliéramos del campo de juego. “Este césped es sagrado, sólo reservado para los que representan a Inglaterra”. Son costumbres, basadas en la tradición , la educación y el respeto. Más allá de la flema inglesa y su soberbia, vale la pena tener en cuenta estos hábitos para que una competencia deportiva resulte grata, más allá de la victoria o la derrota.

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Un Comentario

  1. Francisco Cristian

    Espectacular la nota, tendré que…en algun momento de mi vida, visitar Twickenham.
    Hay muchas cosas que debemos aprender e intentar de replicar por estos lados, sobre todo la educación y respeto.

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